jueves, 14 de marzo de 2013

GRACIAS SANTIDAD

Gracias, Santidad, por haber aceptado el encargo del Señor de conducir a su Iglesia en este tiempo de incertidumbres, tan necesitado de esperanza. Tu rostro de bondad nos ha iluminado a muchos esta noche. Tu tímida sonrisa, discreta y humilde, nos ha hecho vislumbrar un nuevo día que en tus palabras y en tus gestos ha comenzado a perfilarse ante nosotros.

Ayúdanos a mantener vivo el espíritu del Concilio Vaticano II y conduce a nuestra Iglesia por las sendas de la renovación que hace cincuenta años encendió el corazón de los creyentes de todo el mundo: hemos de seguir siendo una Iglesia de comunión, signo de salvación en medio del mundo, al servicio de los últimos, misionera y en diálogo con los creyentes de otras religiones buscando servir juntos a la humanidad y contribuyendo a hacer surgir la nueva civilización del amor.

Como Francisco, el de Asís, te pedimos que conduzcas a la Iglesia a nuevas orillas de autenticidad. Estamos necesitados de una Iglesia renovada, experta en humanidad, más santa, más en diálogo con el mundo y a la escucha de los hombres y mujeres de nuestro tiempo; más atenta a los gozos y los sufrimientos de las personas, más sencilla y más cerca de los más vulnerables; siempre dispuesta a levantar la voz para denunciar injusticias y abrir proféticamente caminos nuevos de fraternidad y solidaridad.

Como Francisco, el de Javier, necesitamos que conduzcas a la comunidad creyente hacia nuevas fronteras para la evangelización con audacia y valentía. La Iglesia ha de hacer resonar con fuerza la Buena Noticia de Dios para la vida y la esperanza de nuestros hermanos los hombres. Como el Verbo encarnado, desde dentro de la cultura, asumiendo todo lo que de bueno y verdadero hay en ella y muriendo a tantos elementos de muerte que impiden que surja una realidad nueva según el corazón de Dios. La nueva evangelización, en el atrio de los gentiles en el que se ha convertido nuestro mundo, es una urgencia que solo podremos acometer si vivimos firmes en la fe, desde la profunda comunión con el sucesor de Pedro y con la fuerza profética de toda la Iglesia.

Como seguidor de Jesús, después de un largo camino como consagrado, ayúdanos a vivir la renovación de la vida religiosa que muchos de nuestros institutos están impulsando. Confírmanos en el sendero; envía a toda la Iglesia un mensaje inequívoco: la necesidad de una vida consagrada en el corazón de la Iglesia, renovada y con capacidad de transformación,  profundamente evangélica y audaz en el servicio a los pobres y a los pequeños. Acompaña, Santo Padre, nuestro anhelo de vivir con mayor identidad nuestra consagración, con mayor visibilidad nuestro testimonio en el mundo, con mayor credibilidad nuestra entrega a la misión de la Iglesia.

Querido Santo Padre, estamos contigo. A tu lado. Rezaremos cada día por ti y nos sentiremos en profunda comunión con toda la comunidad de los creyentes. Un nuevo tiempo se abre ante nosotros. Tu cruz pectoral de bronce sobre tu blanca vestimenta y la elocuencia de tu inclinación ante el pueblo de Dios para pedir que ruegue al Padre su bendición sobre ti, son signos que hablan por sí solos. El Espíritu Santo, siempre sorprendente, ha regalado a su Iglesia un pastor bueno que viene del sur. ¡Y eso es tanto! Gracias, Santidad, por haber aceptado ser nuestro Papa. 

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