Ayúdanos
a mantener vivo el espíritu del Concilio
Vaticano II y conduce a nuestra Iglesia por las sendas de la renovación que
hace cincuenta años encendió el corazón de los creyentes de todo el mundo:
hemos de seguir siendo una Iglesia de comunión, signo de salvación en medio del
mundo, al servicio de los últimos, misionera y en diálogo con los creyentes de
otras religiones buscando servir juntos a la humanidad y contribuyendo a hacer
surgir la nueva civilización del amor.
Como
Francisco, el de Asís, te pedimos
que conduzcas a la Iglesia a nuevas orillas de autenticidad. Estamos
necesitados de una Iglesia renovada, experta en humanidad, más santa, más en
diálogo con el mundo y a la escucha de los hombres y mujeres de nuestro tiempo;
más atenta a los gozos y los sufrimientos de las personas, más sencilla y más
cerca de los más vulnerables; siempre dispuesta a levantar la voz para denunciar
injusticias y abrir proféticamente caminos nuevos de fraternidad y solidaridad.
Como
Francisco, el de Javier, necesitamos
que conduzcas a la comunidad creyente hacia nuevas fronteras para la
evangelización con audacia y valentía. La Iglesia ha de hacer resonar con
fuerza la Buena Noticia de Dios para la vida y la esperanza de nuestros
hermanos los hombres. Como el Verbo encarnado, desde dentro de la cultura,
asumiendo todo lo que de bueno y verdadero hay en ella y muriendo a tantos
elementos de muerte que impiden que surja una realidad nueva según el corazón
de Dios. La nueva evangelización, en el atrio de los gentiles en el que se ha
convertido nuestro mundo, es una urgencia que solo podremos acometer si vivimos
firmes en la fe, desde la profunda comunión con el sucesor de Pedro y con la
fuerza profética de toda la Iglesia.
Como
seguidor de Jesús, después de un largo camino como consagrado, ayúdanos a vivir
la renovación de la vida religiosa
que muchos de nuestros institutos están impulsando. Confírmanos en el sendero;
envía a toda la Iglesia un mensaje inequívoco: la necesidad de una vida
consagrada en el corazón de la Iglesia, renovada y con capacidad de
transformación, profundamente evangélica y audaz en el servicio a los
pobres y a los pequeños. Acompaña, Santo Padre, nuestro anhelo de vivir con
mayor identidad nuestra consagración, con mayor visibilidad nuestro testimonio
en el mundo, con mayor credibilidad nuestra entrega a la misión de la Iglesia.
Querido Santo Padre, estamos
contigo. A tu lado. Rezaremos cada día
por ti y nos sentiremos en profunda comunión con toda la comunidad de los
creyentes. Un nuevo tiempo se abre ante nosotros. Tu cruz pectoral de bronce
sobre tu blanca vestimenta y la elocuencia de tu inclinación ante el pueblo de
Dios para pedir que ruegue al Padre su bendición sobre ti, son signos que
hablan por sí solos. El Espíritu Santo, siempre sorprendente, ha regalado a su
Iglesia un pastor bueno que viene del sur. ¡Y eso es tanto! Gracias, Santidad,
por haber aceptado ser nuestro Papa.

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