Sin duda cuando Dios creó el mundo apostó clara y decididamente por la diversidad; basta mirar a nuestro alrededor para comprobarlo. Dentro del reino vegetal son numerosas las especies que pueblan el planeta. En el reino animal ocurre otro tanto. Numerosos son también los países que forman el mapa político en el mundo, así como las lenguas que utilizamos para comunicarnos. Todo esto no lo creó Dios para que vivamos separados o aislados unos de otros, sino más bien para que nuestro paso por esta vida sea más pleno y enriquecedor.
Si observamos la Iglesia que fundó Jesús, vemos que la diversidad también forma parte de ella. Numerosas son también las órdenes religiosas que la componen así como los carismas que acompañan e identifican a cada orden.
Al principio cuando Jesús formó el grupo de los doce para llevar a cavo la tarea para la que vino a este mundo, no hizo una selección previa de los candidatos, ni les exigió determinados conocimientos o aptitudes; no hizo falta que mostraran su currículum; tampoco el carácter de los mismos fue determinante para la incorporación al grupo. Los había enérgicos como Pedro, jóvenes y delicados como Juan, desconfiados como Tomás, astutos, codiciosos e instruidos como Mateo. Jesús tenía por delante una Misión que cumplir y, aunque pudiera parecer que los “seleccionados” no reunían el perfil; Jesús sabía lo que hacía; en Él siempre estuvo y está presente el diálogo como forma de comunicación y entendimiento. En ningún momento dejó de dialogar como forma de instruir a sus discípulos, Él mismo se apartaba del grupo para dialogar con su Padre, casi siempre de madrugada. También nos enseñó como dialogar – orar “Padre nuestro………..” El diálogo fue constante en Jesús como medio de acercamiento a todos cuanto querían escucharlo aún a costa de no ser comprendido del todo como así ocurría en numerosas ocasiones, pero nunca dejó de hacerlo. Antes de subir al Padre nos dijo que nos amaramos como Él nos amó, donde hay amor hay diálogo y viceversa; en cambio donde hay imposición pocas veces hay amor.
Cuando Juan XXIII, el Papa bueno, convocó el concilio Vaticano II, abrió las ventanas de la Iglesia para que entrara aire fresco en forma de diálogo. En un lugar cerrado, el aire se termina viciando y todo cuanto hay en su interior, por eso en nuestra Parroquia Santa Luisa de Marillac, el diálogo forma parte de nuestro quehacer diario; aclara equívocos o malos entendidos, ayuda a buscar soluciones en casos concretos y puntuales, destierra sospechas infundadas etc. Desde el diálogo se construye, alienta y estimula. Diversas son las pastorales que conforman nuestra Parroquia, estando siempre presente el diálogo en todas ellas como forma de cohesión en un proyecto común. En este espíritu dialogante celebramos nuestro Consejo Parroquial cerrando el curso y proyectando el próximo. Quiero FELICITAR a todos los hermanos que, en representación de sus grupos, participaron en el consejo, por su madurez y apuesta sincera y constructiva por el diálogo como medio de seguir construyendo la Iglesia que fundó Jesús. Un Abrazo a todos.
Manolo Triguillos
Eugenio y yo leemos tus crónicas con mucho cariño y admiración. Te queremos agradecer tu aporte desde la sensibilidad. Vales mucho Manolo...
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