«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,1)
Nada poseemos para siempre. Y, sin embargo, somos ricos. Porque cada día es una novela que podemos escribir. Y en ella, hay nombres, y hay gestos, y hay emociones. Las emociones son importantes. El tiempo se lleva unas cosas y trae otras.
Pero vamos dejando una huella detrás. Una huella en la memoria de aquellos que nos conocen, en las palabras imborrables, en los gestos sin vuelta atrás. Y nos llevamos, con nosotros, los rostros, los recuerdos, y el cariño que dejamos sembrado.
Pero
hay que seguir adelante. Hacia un mundo que nos grita y nos llama, y nos pide: «VEN» , «AYÚDAME», «VACÍATE AQUÍ».
¿Me siento con las manos vacías?
¿Puedo vivir la desposesión como una forma de libertad o tal vez hay ataduras que no me permiten vivir así?
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